
Hoy me he levantado con ganas aventurarme a algún paraje
idílico y dejarme llevar por la magia y energía de la naturaleza. Nada demasiado complicado, ni mucho menos. Soy de las salgo corriendo al ver una avispa. Todo
soft, fácil y
chic a ser posible. Estaría bien abrazarme a un
árbol o rodar por una pradera como las de mis vacaciones infantiles en
Galicia... En fin, creo que lo más aventurero que me pide el cuerpo es hacer un
picnic. ¿Pero porqué nos gusta tanto ir comer y retozar al campo a los humanos? debe ser nuestra vena nómada. Nuestros instintos más básicos nos piden aire libre en vena y contacto directo con la madre tierra. ¿Quién no ha sentido, e incluso se ha dejado llevar, por ese momento sensual e indolente, posterior al apetito saciado en un almuerzo campestre? esa pereza feliz, mecida por el zumbido de los insectos, que da lugar a siestas intermitentes, intimas
conversaciones y otros placeres.
Recuerdo que al comienzo del verano pensé que este año, en vez de organizar la
clásica cena de amigos en el jardín,
haría un picnic al atardecer, de esos que salen las películas inglesas high class, y que lo mismo lo organizan en el campo que en los jardines de su mansión. Vale que es un poco
pretencioso comparar los
cotagges british y sus
hectáreas de
maravillosas praderas con el
minijardin de mi adosado, pero una vez colocado el
atrezzo (mantas, velas y viandas) puede salir un
sucedáneo bastante decente. Y sin salir de casa puedes comer sobre el
césped y tumbarte
después a charlar mientras observas el cielo de verano con una copa vino...

es posible que la sensación sea tan intensa como si estuvieras en
Mansfield Park o
Brideshead. Bueno, está bien, me he pasado tres pueblos, ¡que más quisiera yo!
Pero no me
diréis que la idea del
picnic no es apetecible. Aunque muchos la asociarán con la etapa dominguera de nuestra infancia, el
tuper y el filete ruso, lo cierto es que
dándole un poco de
glamour a la cosa puede resultar una actividad barata y muy
reconfortante para el cuerpo y el
espíritu. Creo que deberíamos hacer como los ingleses y lanzarnos la cesta al coche más
a menudo para irnos a un bosque cercano, al parque de al lado o al jardín de casa, si es que hay. De mis
picknis recuerdo especialmente el que organizamos en el cumpleaños de mi hija mayor, con algunos amigos en el Retiro. Hasta cava y flores
llevaron. Resultó de lo más pintoresco. También hemos hecho unos cuantos de lujo. Y no me refiero al contenido, mas bien improvisado, sino al entorno, en los jardines de un
Château perdido en el
Loira. ¡Que maravilla! Un Atardecer veraniego, un lago en frente y un castillo
detrás, esta vez sí a lo lejos. Para no despertar el recelo de los propietarios ni hacer de
huéspedes horteras compramos algo discreto; vino, aperitivos,
patés y quesos, fruta y un montón de
velitas...
mmmmm... ¡que recuerdos exquisitos!
Parece ser que el verdadero origen del
pic-
nic son las antiguas jornadas de caza medievales inglesas, tradición que se mantuvo hasta el Renacimiento, con grandes banquetes al aire libre. Posteriormente tuvo un
resurgimiento durante la época
victoriana ya para quedarse y extenderse a los americanos y demás mortales.
Según
wikipedia:
Picnic es una expresión inglesa heredada del francés pique y nique. Y se trata de una comida informal en un espacio abierto, al aire libre, preferiblemente en un lugar con una bonita vista panorámica, a base sándwiches, frutas, huevo duro, galletas, verduras o cualquier alimento que sea liviano y fácil de transportar, tradicionalmente en una canasta de madera....
Estaréis conmigo en que es mucho más que esto y si no mirad:

El buen cine, especialmente el inglés, ha dado escenas
bellísimas de relajantes
picnics, como el
elegantisímo high class de
Retorno a Brideshead.

En un
Château del
Loira nuestro
picnic en el lago tenia un telón de fondo espectacular.

Uno de nuestros niños preparando el decorado para la cena campestre.

El arte de
Botero no puede resistirse al encanto de un
romántico picnic para dos.

Otra vez en el cine inglés, como no.
Picnic en Hanging Rockc, aunque sus
idílicas escenas esconden una trama
inquietante y terrible.

Indudablemente en otros tiempos los
picnics fueron más elegantes y pintorescos, como en los
sofisticados años 20 y 30 donde la alegría de vivir no estaba exenta de una cuidada
estética.
La polémica y premiada
película americana
Picnic retrata,
valiéndose del escenario campestre, a la sociedad
sureña americana de los 50.

Monet y
Manet crean momentos mágicos en sus
maravillosas pinturas de
Meriendas campestres.
Aquí estamos, tirados en plena naturaleza. El menaje es
directamente de
super, pero el paisaje de 10, de verdad,
increíble.
Después del almuerzo a algunos
hiper activos les da por hacer el pino.

La cesta de mimbre, el mantel de cuadros y el vino son
imprescindibles para montar un almuerzo con elegancia, este es en
Hayde Park. ¡Menudo
lujazo!

La moda, siempre en busca de nuevos escenarios también recrea la
voluptuosidad en versión campestre. Este me recuerda a los que se organizaban la Francia del Rey Sol mientras el pueblo se moría de hambre (
veasé la
peli Vattel para hacerse una idea).
Atrezzo de Cristian Lacroix para Vogue.
¿Un
estiloso picnic en el Retiro de Madrid sin hacer nada? pues sí, si te lo puedes permitir, hay hoteles que te lo sirven así de bien. Este es de las chicas del
Vogue.

Ya veis lo poco se necesita para una tarde
relajadita.Un par de cojines y un poco de buen gusto ¿Apetece
eehhh?.
Fuente e imagenes: Tommy Hilfiger, Vogue, pongameuncafe.blogspot, Gambrel fuentegobernantahotel.blogspot.es